12/09/2006
Como las Calles Porteñas

Martín Girodo
Estudiante de 2° año en 2005 del Profesorado de EGB1 y 2 en el Valle de Uco, Prov. de Mendoza, Arg.
Imaginate que en la noche de un 27 de agosto de 1975 alguien decide empezar a preparar un postre que lleva mucho, pero mucho tiempo hacerlo. En realidad, y por suerte, nunca va a estar hecho. Y entre los ingredientes le pones: una familia de derecha por parte de mi hermano (abuelo general de brigada, papá teniente coronel, ultra católicos...), una mamá contadora y un tío arquitecto, militantes de la juventud peronista, una abuela radical y antiperonista que además como toda abuela se desvivía por malcriarnos, una bisabuela indígena, la familia de mi papá ( alguien muy silencioso que nunca pude comprender) de clase media alta, con su esposa psicóloga y los hijos de ella; un montón de edificios, unas sierras de Tandil donde vivían mis primos, un cuartel en un pueblito de la Pampa donde el papá de mi hermano era el jefe, varias crisis económicas familiares y sociales, marchas políticas y gases lacrimógenos, unas cuántas horas de tv, un colegio de clase media, una pelota de fútbol y miles de cosas más. Todo se pone en un recipiente con forma de cabeza y se revuelve lentamente hasta formar una masa craneal... Y entonces brota un delicioso martincito... Ya a los dos años y chirolas caí en manos de la educación formal. Quedé atrapado por seguir los pasos de mi hermano mayor, ya que yo lloraba como loco en la puerta del jardín cada mediodía cuando lo veía irse. Pronto decidió mi mamá que probara haber si me gustaba... total, ya se va a cansar pensó. Y Pasaron los días, también los abriles y yo ahí en semejante tormenta. De Trivilin al Cangallo y ya estaba en la sala de tres, de cuatro, preescolar. De repente la primaria. Seguir en la misma escuela y con los mismos compañeros hizo que el cambio no fuera tan brusco. Un simple cambio de piso. Aquellos patios que alguna vez soñáramos estaban bajo nuestros zapatos. Y los chiquitos quedaban allá arriba, por la otra escalera. Mientras los soldaditos eran condenados a la muerte nosotros entonábamos la marcha de las Malvinas. Nadie nos contó si tanta solemnidad le hubiera hecho menos infeliz los destinos de esos chicos. Además en nuestro hogar, no sólo nos bombardeaba la tele o las revistas con el famoso “estamos ganando”. El papá de mi hermano, que a veces hacía también del mío, era militar y había sido enviado al sur por lo que el tema era más grave aún. Empezábamos una sucesión de mudanzas. Esta vez fuimos a parar frente al Congreso, o mejor dicho de la Plaza de los Congresos. Por unos años jugaba al fútbol o andaba en bici alrededor de un puñado de locas que daban vueltas gritando: ¡Qué digan dónde están, los desaparecidos! Una vez por semana, durante varios años las veía como que eran parte del paisaje como las palomas, las fuentes o la indiferencia de la mayoría que andaba por el centro.Todos los mediodias nuestra abuela nos traía el almuerzo a la cama. Ella escuchaba en su portátil a Rapidísimo con Hector Larrea y nosotros prendíamos la tele blanco y negro para ver a Mr. Edd, o naufragar en la isla de Guilligan, o los Tres Chiflados. Después de ponerse la camisa azul, la corbata roja, medias grises, y zapatos negros recién lustrados por la abuela, partíamos con mi hermano. La entrada a la escuela era algo sumamente formal, y así lo fue durante toda la primaria. Formados de menor a mayor bajo el opaco patio cubierto, y baldosa por medio, esperábamos todos los grados el saludo de la vicedirectora. Era uno de los pocos momentos que uno veía a todos los chicos y eso lo convertía en algo agradable. Mis cuadernos de comunicaciones, y las muchas veces que me “condenaban” a salir de fila son testigos, no sólo que yo no encajaba con tanta obediencia, sino además que la obediencia era un valor muy importante para la escuela y la sociedad. Así fue muy común la frase “Observado durante la formación por conversar, jugar o reir luego de reiterados llamados de atención.”Sumaba, escribía y leía frases célebres como “Paula apila los palos. Pim pam pum. Los apiló mal”. Pese a todo, la maestra era cariñosa, nos trataba bien. Y nos ponía un sellito azul de pinocho para premiarnos. Pero como las mismas calles porteñas mis recuerdos de la primaria se llenan de baches. Nunca supe si llegué tarde al reparto de memoria o qué fue lo que pasó. Ni siquiera ver veintitantos años después aquellos cuadernos que mi hermano sabiamente conservó despiertan la reminiscencia. Lo que sí me dicen esas hojas, es algo que desde hace mucho sospeché. Que marchábamos todos a la máquina de hacer chorizo como en The wall. Las patas de esa mesa estaban hechas de sobredosis de formalidad, falso nacionalismo, ser el modelo a imitar, y una cultura general que no se entendía para qué era, pero estaba siempre que había que justificar el saber o memorizar que no son sinónimos pero se insistía sospechosamente en que lo fueran. Sobre las patas, la tabla de la mesa estaba hecha de control. Un material sumamente rígido. El mantel decía “he aquí una escuela exigente”.La seño de primero como la dictadura cedieron el paso. Del cariño de ella pasamos a un sargento disfrazado de guardapolvo. Con unos ojos que escupían odio ante el mas mínimo desorden. No le faltaban cuerdas vocales. Tanto el paso a la democracia, como toda la realidad cotidiana que había del otro lado del muro, no eran temas de escuela, que los mataba con la indiferencia. Vino mi tercer grado. No tuve mejor idea que enamorarme de Alejandra. Cómo iba a darme cuenta que la seño nunca me lo iba a corresponder. Todas las maestras de las horas especiales que caían en nuestra aula sufrían a ese pequeño mounstruo peinado con raya al costado que se sentaba por el fondo. Sin importar si era la de actividades prácticas, plástica, alemán, ingles o música. Volaban las tizas, las plasticolas, y cualquier cosa que robara la risa valía. No era maldad, sólo un poquito de aburrimiento, bronca y rebeldía. Las quejas le llovían a esa morocha llamada Ale, que no podía entender el problema. Mi conducta, más de una vez era motivo de charla de todo el grado. Todos opinaban sobre mí. Ella incluso me decía que no lo creía, que le costaba entender como todas las maestras se quejaban si yo era tan bueno. Ángel y demonio a la vez, como un típico argentino pero de 9 años. Ella me preguntaba el por qué. Y yo no podía confesar semejante secreto. Nadie excepto yo conocían la verdad. Incluso odiaba a su pareja que a la salida la venia a buscar y me la robaba. Sentía un ataque de celos y una gran tristeza que masticaba camino a casa. Hasta que me tomaba el Vascolet para embriagar las penas. Yo ya estaba en otra casa. Mamá luchaba contra un cáncer y quedaba completamente pelada por la quimioterapia. A veces me venía a buscar y yo sentía vergüenza de su calvicie. Tampoco me gustaban sus pelucas. Extrañaba sus pelos verdaderos que tiempo después, lentamente volvían a crecer. Los cortes de luz eran frecuentes y a los que vivíamos en el piso once, las escaleras podían ser una tortura (como para mi abuela o mi vieja) o una diversión. Poco después nos corrimos hasta la esquina. Una Commodore 64 un día golpeó la puerta y mi hermano descubrió su vocación. Las revistas de computación, los cursos y los juegos se volvieron cotidianos. Yo ya estaba en cuarto... Es tan pobre mi recuerdo de ese año que es el único grado que nunca me acuerdo quién fue la maestra. ¿Habrá algo más penoso que un chico no se acuerde de una seño? ¿Es falta de memoria o una selectividad envidiable de la misma? Ni siquiera ver los cuadernos me acerca una imagen del aula. Ahora se que su nombre era Susana. Pero sí me deja espiar que la tortura de los análisis sintácticos me perseguían. La escuela no me costaba. Era algo que había que hacer como ponerse el uniforme. Y yo pasaba sin pena ni gloria. No me interesaban las notas altas ni las materias. La clase de gimnasia siempre fue mi favorita. También era bueno para las cuentas por la influencia de mamá contadora pero el gran valuarte, lo que más disfrutaba, era el cariño de mis compañeros. Ser elegido como mejor compañero la frutilla del postre. Eso me pasó en primero, tercero, quinto sexto y séptimo. Ese rebelde, que revoleaba gomas de borrar también resultó defensor de todo lo que le resultaba injusto en el aula. Ingenuo y transparente, no tenía miedo de enfrentar una maestra y no me cambiaban una idea con un porque si o porque soy tu maestra. ¿Será que las máquina de hacer chorizos tiene fisuras? Los abriles seguían y las etiquetas de mis cuadernos rojos ya decían quinto grado. Una nueva sección de la escuela se volvió importante: la biblioteca. Una víctima de nuestra edad del pavo: el bibliotecario, que más de una vez con canas verdes nos hechó sin titubear. La mistad se hacía una columna vertebral y los amigos nos volvíamos a juntar todas las mañanas en la biblioteca con la excusa de hacer las tareas. Ya no sólo veíamos a los chicos del otro turno en alguna excursión, los de la mañana también se unían en los recreos. Antes del rito de la entrada almorzábamos enfrente la muzza de Arsenio, el mejor pizzero del universo y sus alrededores. En ese momento recuerdo que nuestra mirada empezaba a estar en los más grandes. En el cambio de turno también salían los chicos y chicas del secundario. Y nos arrebataban la atención. Aquellas diosas a las que desde el patio de abajo les espiábamos sus bombachas estaban en el quiosco o la pizzería junto a nosotros. ¡Y hasta nos hablaban!Era el 86 y Maradona cambió su profesión. Se convirtió en mago y en un mes nos regaló una copa de alegría. ¿Qué había cambiado puertas adentro de la escuela, desde la dictadura “lejana” hasta el fracaso del plan austral? Me parece qué poco. La escuela seguía con sus saberes escolares cada vez más distantes de la realidad. No hacía falta cruzar un río pero era una isla. Mi cuaderno de comunicaciones año a año se parecían. Algunos que lo que escribían eran nuevos pero sus frases meras copias. La santa imagen de mi hermano ya no me salvaba porque construí la propia. Era como una “obeja negra” pero que no tenía problemas con el “saber”. Tal vez algo más grave: era indisciplinado. Y para peor ya éramos un grupo cuya fama había traspasado nuestro turno. La única clase que se seguía salvando era la de gimnasia. El frio patio de la formación de entrada y salida se convertía en el estadio de fútbol mas lindo. Esos días, además safábamos de la camisa y la corbata y del molestísimo pantalón gris. Las casas seguían cambiando y nosotros, expertos del arte del embalar y desembalar, creciendo. Mi hermano ya no usaba guardapolvo. El fanático de la computación tenía blazer e iba al secundario. Algo que cada vez yo veía más cercano. Las casas de los amigos eran como propias y las familias “adoptaban” a los compañeritos. A veces caían todos a nuestra casa como perfectamente podía ser la de algún otro. La mayoría vivíamos en el barrio de Once, donde estaba la escuela o muy cerca. Atraídos por las oportunidades del centro comercial, las familias coreanas llegaban al barrio y sus hijos a nuestra escuela que con las mismas dificultades con que nosotros pagábamos las cuotas mensuales ellos pasaban de grado. En sexto había una novedad. Dos maestras por grado. Sociales y lengua para una, matemática y naturales para otra. Además eran las maestras de los séptimos. Estábamos ahí, en los últimos escalones de la primaria. Volviendo a las maestras, las dos eran muy formales, distantes. Algo que no sembraba precisamente cariño. El resto era bastante parecido. Los análisis sintácticos cada vez eran más complejos y ya casi ocupaban media carilla por oración. Cuando volvimos de las vacaciones la escuela estaba bastante conmocionada. Los paros de los años anteriores, habían divido a los maestros en 2 bandos. Los que adherían y defendían sus derechos y quienes no. Misteriosamente el primer grupo ya no estaba más y una nueva camada de maestras jóvenes, llegaron con nuestro último año. Dos de ellas cayeron a séptimo. Eran el día y la noche. Margarita muy seria, estricta. Por el contrario Patricia era más dada, buscaba achicar la distancia en el trato. ¡Cómo nos habremos portado! que muchos años después, cuando le conté que estaba estudiando para maestro, ella, que seguía en esa escuela, me deseó que me hagan lo mismo que yo le hice.En el último pasito del ciclo, la edad del pavo llegaba a su máxima expresión y todo desbordó a la seño. Una novedad fue que ella nos propuso que una hora por semana nosotros podíamos usarla como nos pareciera. Habíamos elegido contar chistes y así se hizo. Además había otra hora para lectura y podíamos leer lo que quisiéramos. A mi me atraían las revistas deportivas. Nuestras peleas con los de sexto eran un clásico de los recreos. Ambas maestras hacían grandes esfuerzos para solucionar el problema. Pero el gran, gran problema, era que nos divertía mucho pelear. Eran días que todo, absolutamente todo nos causaba mucha gracia. Bastaba una mirada cómplice que nos hacía reir y de ahí a la carcajada unos segundos. Esta podía durar los 40 minutos de la clase. Hasta que el bendito timbre nos llevaba al patio y la acalambrada panza descansaba un ratito. Empezaban los partiditos de fútbol con cajitas de jugo, o las peleas con sexto. Otro timbre y volver al palacio de la risa excepto con Margarita que nos pegaba un grito y más o menos controlaba la situación. Casi a fin de año, Patricia harta de mi, se le ocurrió poner una tarjeta amarilla. Una sanción muy grave dentro de la escuela. La verdad es que fue medio arbitrariamene pero tanto va el cántaro a la fuente... Tomé la sanción, la hice un bollito y se la tiré. Me dijeron que si no la traía firmada no entraría al colegio. Desde ahí hasta el viaje de egresadito, el diálogo quedó bastante roto. Siete años sin sanciones y esa maestra nueva, casi de la nada, me ponía una tarjeta amarilla... Casi una tragedia. Las clases ya morían como el ciclo y elegir el secundario era un problema. Papá sugería el Pellegrini o el Bs. Aires, por otro lado el liceo militar. ¡qué poco hubiera durado ahí dentro! Que esto, que lo otro, que la mar en coche y al final seguí en el Cangallo como la mayoría. Era como la decisión más fácil porque todo era bastante familiar.Parece una broma que esto lo cuente alguien que hoy estudia para maestro. No es que me disguste la escuela, detesto ese modelo de escuela. Años después, lleno de una inocencia propia de la primaria ponía un pleno a la educación como motor de un cambio. Simplifiqué el problema absurdamente, creía entender el “problemita” o la punta al menos la punta del ovillo. Me tiré a la pileta decidido a hacer un país mas justo, que nos abarque a todos, donde uno pone un ladrillo en semejante construcción. Con el tiempo esa ilusión me pareció quedar escrita en la misma agua donde me tiré de cabeza. La realidad es infinitamente más compleja. Más te interesa más se complica. Pero sigo. Y sigo porque todavía creo en la escuela, en la educación, no de la misma manera que al principio. Entre las muchas cosas que aprendí es que algo se puede cambiar y que ese cambio por chiquito que sea vale la pena. Si alguna vez me toca pasar por un aula como maestro, cada día que cada chico me mire, que llegue tan llenos de ilusiones, que cree en uno, no por uno mismo (al principio) sino porque cree en la escuela, que pasado el tiempo no se sienta defraudado. Que recuerden esos momentos como un lugar donde se podían expresar, donde no repetían como loros. Donde equivocarse era la posibilidad de aprender, no de usar la lapicera roja. Sin dueños de la verdad y de la palabra. Ser parte de una escuela a la que no se llegue en bote, ni nadando, donde la realidad, con sus cosas buenas y reveses sean parte viva del día a día. Parece poquito pero es mucho. Hoy creo que muchísimo. Y esa es mi apuesta.
Pájaro con Alas Artificiales

Patrica Jaimes
Estudiante Profesorado EGB 1 y 2 en el Valle de Uco. 2° año en 2003.
Es muy difícil relatar y redactar una historia, una forma de vida, cuando pasaron varios años. Los recuerdos son muchos, te invaden las emociones.Toda mi infancia la viví en un paraje llamado “LA ESPERANZA MISIÓN LA PAZ”. Vivía con mis padres: Agripino Jaimes, Victoria Recaldi y mis doce hermanos de sangre más dos de corazón. Dieciocho personas, vivíamos en el hogar... ¡familia numerosa!.Algunos de mis hermanos mayores estaban cursando la primaria, cada vez que ellos salían camino a la escuela, yo quedaba llorando y mamá me decía: “eres muy chiquita, ya cumplirán los seis años”.En el año 1968 por fin cumplía los tan esperados seis años. ¡Qué alegría!. Ya podía asistir a la escuela. Teníamos que caminar dos kilómetros. Era el primer día de clases, el maestro tenía estilo autoritario y el puntero en la mano. Yo no tenía miedo, hasta que ordenó a un alumno tocar la campana de hierro colgada en la puerta del rancho. Ya era hora de la entrada, formaron filas y cantaron el himno a la bandera. Luego todos en forma ordenada pasamos al aula. Rezamos el Padre Nuestro, el maestro ordenó tomar asiento y la tarea áulica daba comienzo. Ahora, sí sentí un poquito de miedo. El maestro pidió a los nuevos decir sus nombres y nos repartió útiles, cuadernos y lápices. Ya sabía escribir mi nombre, las vocales y algunos números, lo había aprendido de mis hermanos. Al ver que mis compañeritos, la mayoría matacos, no sabían agarrar el lápiz me tranquilicé. Comenzar las clases en la escuelita rancho “PUERTO LA PAZ N° 210” era maravillosos, para nosotros era un orgullo. La ESCUELA era la mejor... En ese entonces se usaban los pupitres con los agujeros para los tinteros. Pero estos eran muy pocos y debíamos sentarnos de a dos. Colgaba en un costado un pizarrón color negro. En esta escuela rancho daba clases un solo maestro: Eduardo Vilinqui. Había una sola aula con clases múltiples. Chicos con diversidad de culturas ya que Misión La Paz es un punto tripartito. Por lo tanto a la escuela asistían chicos guaraníes que venían del Paraguay, bolivianos, Charotes, Matacos y criollos de la zona. ¡Dios mío, qué mezcla!. El maestro debía darse su tiempo, repartirse para atender las diversas necesidades de los chicos, atendernos a todos por igual. En esos años, no había maestros bilingües como ahora, los que cursaban 4° y 5° grado ayudaban a los que comenzaban 1° grado, a los que sabían menos, con la autorización del maestro.Pasaban los años, aprendía cada vez más, era muy curiosa. El maestro decía que era “aplicada”, ya sabía leer muy bien: “leer de corrido”. Había aprendido de memoria los pocos libros que el maestro tenía. Quería que mis compañeras matacas leyeran igual que yo y trataba de ayudarlas. Los Matacos no utilizan conectores al hablar, de manera que al escribir ponían de manifiesto esta característica. Creo que el maestro notó mi interés y , después que terminaba mis tareas, me nombraba su ayudante. Ser ayudante del maestro era algo muy grandioso. Al llegar a casa después de la jornada escolar, mamá nos esperaba con el almuerzo. Luego cada uno tenía sus tareas, que no debía ser olvidada por ningún otro motivo. Los trabajos se realizaban junto a los padres. Mi tarea era cuidar las ovejas, esperar que pastaran y luego reunirlas en el corral con “Cachito” mi perro y “Juanito” mi chancho jabalí. Había que hacerlo todos los días sin rezongar, de lo contrario te duplicaban las tareas. Me gustaban los animales, lo hacía con agrado y también me gustaba colgarme de los árboles.En 1973 mamá preparaba pan casero y había que repartirlo. Me ofrecí como voluntaria para esta tarea con mi hermano Néstor, pero sin agrado por el trabajo en sí. Mi ofrecimiento era un pretexto para arribar a la repartición aborigen. Una vez allá, me quedaba en la toldería y Néstor y Mauricio –un compañero de la escuela de la comunidad wichi- hacían el trabajo mientras yo me sentaba con las matacas a mirar cómo tejían tan precariamente. Realizaban artes maravillosas y yo quería aprender. A ellas no les molestaba que las observara, al contrario, se ofrecían a enseñarme. Mis padres me descubrieron y no compartían la idea de que pasara algún tiempo con los Wichi por temor a contagios. Por ejemplo, la tuberculosis era una enfermedad muy arraigada en ellos, pero eso no me importaba. Todos los días, volvía con piojos a casa, yo lo veía como algo común. Era inevitables poder combatirlos.En el año 1974 cumplí los doce años, era muy estudiosa, era considerada alumna inteligente. Aquel que memorizaba las lecciones, recitaba las poesías con mímica era un alumno estudioso. Solo teníamos Lengua y Matemáticas, aunque recuerdo que el maestro nos llevaba a la costa del río Pilcomayo a observar, dibujar y luego armar una “composición” del contexto. Quizás ciencias naturales estaba relacionado con lengua (viéndolo retrospectivamente). Los contenidos fueron muy pobres, muy vacíos y creo que el objetivo del maestro era que aprendiéramos a leer y escribir. Si esta era su expectativa de logro, puedo decir que lo logró. Creo que ni un solo chico egresaba sin saber “leer de corrido”, como el maestro decía.En el mismo año, mi atracción por las artes manuales era total. Les rogué a mis padres que quería estar más tiempo en las tolderías con las matacas y lo conseguí. Solo dos horas día por medio, pero sin descuidar mis tareas en casa. Mientras ya sabía bastante de preparar raíces, seleccionar plantas para los colores, algunos tejidos, tallado del palo amargo... y todo con instrumentos precarios. Prácticamente ya era una artesana... Mi aprendizaje lo había tomado de las mejores maestras del arte. Me sentía protegida. Me cuidaban y acompañaban a casa cuando me excedía en los tiempos otorgados para que papá no me pegara. Eran maravillosos.En 1975 cursaba 7° grado. No me alegraba la idea de egresar. Tenía asumido que no podía seguir estudiando debido a que en la zona no había escuelas secundarias, había que viajar a la ciudad si querías asistir a una y papá me había dicho que no podía ser. Respetaba mucho a mi padre y no debía insistir. Seguir estudiando era un sueño frustrado. Solo tenía doce años, pero no debía quedarme sin hacer nada. Por ello seguía frecuentando la repartición aborigen mataca. Me sentía una artesana excelente, sabía más de lo que podía imaginar. Además contaba con el apoyo de mi hermana mayor: Laureana. En el transcurso del año acontecieron muchos sucesos. Llegó a la misión un grupo de personas inglesas y –con el permiso del Cacique- se instalaron en las cercanías de la toldería. Decían ser misioneros anglicanos con la intención de ayudar a los aborígenes. Esto me hacía feliz. Quería que mis compañeros vivieran mejor. Se construyeron fincas para la plantación de algodón y verduras de toda variedad. Así los aborígenes tendrían trabajo. No se preguntaba de dónde salía todo ese dinero, solo se agradecía.También se construyeron casas de adobe con techos de chapas para evitar de esta manera “el chagas”. Una vez terminadas se quemaron las chozas. Pasaron dos días y ¡oh, sorpresa!... todas las casitas tenían un anexo de yuyos, era imposible poder evitar las vinchucas, ellos estaban acostumbrados a esa vida, era su forma, su cultura.En el mismo año tuvo lugar un casamiento. Alicia y Julián, compañeros de escuela, se concubinaron muy jovencitos, casi niños. El ritual del casamiento era particular y especial. Se realizaba en la noche. No tenían un tiempo de noviazgo, era suficiente la atracción física. El ritual era el siguiente: la mataca corre, el joven la alcanza, la toma y la lleva a la choza y allí se encierran hasta el día posterior. ¡Es envidiable, no!.Termina el ciclo lectivo y con él mi trayectoria por la primaria. Los egresados debemos preparar la poesía de despedida: “El adiós a la escuelita querida”. No sentía alegría de dejar la escuela, nuestro tiempo en ella era un descanso. Además de estudiar podíamos jugar con los demás chicos. Era el único lugar donde nos podíamos encontrar y además jugar. En casa teníamos tiempos muy limitados para el juego. Llegó el último día de escuela. Estábamos preparados para el acto de fin de clases. No era importante para mi ni el certificado ni el pergamino que ese día nos entregaban. Lo que extrañaría era a mis compañeras.En aquella época, hace treinta años, en una escuelita perdida en lo más espeso de la selva del norte salteño, donde un solo maestro atendía diversidad de culturas... es invalorable haber aprendido a escuchar, leer, escribir y sacar cuentas en una escuelita tan precaria, donde tenías tan poco a tu alcance. Para mi, era como haber trepado el árbol más alto. Hoy, los contenidos de la EGB 1 y 2 que estoy viendo no tienen relación ni comparación con mi experiencia. Es como estar recorriendo de un extremo a otro.Viví una infancia muy rica, particular, diferente y muy especial. Nací y crecí en un contexto en donde me enseñarme el respeto por los demás y no avergonzarme de mi linaje y de mis raíces. Toda esta enseñanza que dejaron en mi hoy la vuelco a mis hijos. Mi experiencia de vida sirve para decirles hoy no sólo a mis hijos, sino a toda persona que no le da importancia a lo que sus padres le ofrecen o no aprovecha las oportunidades que tienen a su alcance, que en algún lugar hay personitas a quienes les gustaría hacer y tener cosas pero los medios son tan escasos que es como estirar la mano y sentir que jamás tocaremos, ni siquiera con la puntita de los dedos, lo que quisiéramos tener.Todos tenemos sueños, una cultura... las situaciones de escasez económicas no nos priva de soñar. Un sueño puede ser frustrado como mi ilusión de seguir estudiando cuando era solo una niña. Pero que esto no nos haga infelices ni fracasados... nunca es tarde cuando ese sueño no ha sido olvidado.
Escrituración Pedagógica

Para Elsie Rockwell (1987), “el acto de escribir se relaciona con los procesos de memoria que uno empieza a usar (...) Hay tendencias personales en esto: si tiende hacia la lógica del discurso o hacia la textualidad, hacia el relato coherente o hacia lo fragmentario pero más rico, hacia lo central y explícito o bien hacia lo periférico, azaroso, contextual, implícito. La progresiva mejoría en los registros significa tender hacia la capacidad de incluir, en lo posible, todo eso”. En esta línea, las investigaciones etnográficas de la autora ofrecen algunas categorías para comprender el empleo de los docentes de la lengua escrita en tanto lectores y productores de textos atravesados por contextos y condiciones particulares de trabajo (Rockwell, 1992). Siguiendo la revisión de producciones de nuestro país -Argentina- que Beatriz Alem (2004) recorre apropósito de la relación entre escritura y el trabajo docente; nos encontramos con una “escasa historia personal de los docentes en la producción de materiales escritos que den cuenta de su tarea diaria, y la falta de modelos previos que den lugar a que, a la hora de escribir, se presente «lo que un supuesto lector espera encontrar»” (Golzman y Marucco, 1993). Según Marta Libedinsky (2001) es escaso el bagaje de materiales que documenten el trabajo en el aula y sus ajustes; y en los casos que esto acontece se omite la autoría quedando desdibujada la producción pedagógica en consensos que no terminan de expresar el valor de la experiencia. Los estudios de Andrea Brito (2003) profundiza el análisis advirtiendo que “si de lo que se trata es de construir un diálogo con el currículum, cuya lectura suponga interpretación y reescritura, la palabra de los maestros necesita recuperar la voz de la primera persona. Escritura que hable de la propia experiencia, que sitúe al sujeto en el lugar del constructor de su propio texto y, desde allí, lo transforme” (Brito, 2003). Beatriz Alem (2004) prosigue su recorrido analizando la hipótesis de algunos autores –y la propia- de que la vertiente tecnicista de la década del ’60 y el auge de la planificación ofreció un género particular de escritura: la planificación didáctica. La autora señala que este formato “restringe excesivamente la escritura de un texto dedicado a pensar las anticipaciones de la enseñanza”. Frente a dicho diagnóstico, indaga algunas alternativas tales como las concepciones de la planificación didáctica entendidas como “programa guía” de Díaz Barriga (1984) o “guión conjetural” de Gustavo Bombini. Concepciones, que entiende, libera al sujeto en sus posibilidades de imaginarse una práctica más flexible. Las revisión de Beatriz Alem finaliza haciendo alusión a algunas políticas educativas argentinas vigentes que tiene la finalidad de alentar la escrituración pedagógica tales como los CAIEs o el programa “Elegir la Docencia”.
Prof. Martín Elgueta
Bibliografía
- ALEM Beatriz (2004). La escritura de expereriencias pedagógicas en la formación docente. Buenos Aires, programa Elegir la Docencia, Dirección Nacional de Gestión Curricular y Formación Docente, MECT.
- BOMBIN Gustavo (2002). Escribir las prácticas. Buenos Aires, Mimeo.
- BRITO Andrea (2003). Prácticas escolares de lectura y escritura: los textos de la enseñanza. En Revista Propuesta Educativa N° 26. Buenos Aires, Novedades Educativas.
- DÍAZ BARRIGA (1984). Didáctica y Curriculum. México, Ediciones Nuevomar.
- GOLZMAN G. y MARUCCO M. (1993). Usted preguntará porqué escribimos. En GOLZMAN y otros. Maestra, usted de qué trabaja. Buenos Aires, Paídos.
- LIBEDINZKY Marta (2001). La innovación en la enseñanza. Diseño y documentación de experiencias de aula. Buenos Aires, Paídos.
- ROCKWELL Elsie (1986). “De huellas, bardas y veredas: una historia cotidiana en la escuela”. En La escuela, lugar de trabajo docente: descripciones y debates. México, Departamento de Investigaciones educativas del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional.
- ROCKWELL Elsie (1987). Reflexiones sobre el proceso etnográfico. México, Departamento de Investigaciones Educativas. Departamento de Investigaciones educativas del Centro de Investigación y estudios avanzados de Instituto Politécnico Nacional.
BIOGRAFÍAS ESCOLARES

En este blog compartiremos algunas biografías escolares de estudiantes de dos Institutos de Formación Docente de la provincia de Mendoza y docentes de la provincia: uno de ellos localizado en el Valle de Uco y otro en el Gran Mendoza. Nos referimos a los profesorados de EGB1 y 2; Historia; Biología; Geografía; Lengua y Literatura e Inglés.
También, se publican biografías escolares de docentes en ejercicio intentando retratar sus primeras inserciones laborales o experiencias educativas consideradas de interés.
La publicación de cada una de ellas cuenta con el consentimiento de sus autores. A partir de la fecha -setiembre de 2006- se intentará que cada estudiante o docente publique dichos artículos en su propio blogs.
Prof. Martín Elgueta. Mendoza, 12 de septiembre de 2006

